jueves, 19 de julio de 2012

THE STRANGE BOYS – Be Brave (2010)

Publicado el  16/2/2011 en  Sensaciones Sonoras en La Coctelera 


Tienen la frescura y el desparpajo de las bandas de garage y R&B de mediados de los 60, y supuran una energía realmente contagiosa, con ese sonido metálico y chirriante que combina arrítmicos guitarrazos, demoledoras melodías y un arrogante desparrame vocal. Si, no cabe duda, su bullicioso sonido me trae a la cabeza la arrogancia e intensidad juvenil del mejor garage que pobló aquellas maravillosas series tituladas Pebbles y Nuggets, porque aunque a veces moderen el ritmo, parezcan pendencieros y se pongan arrogantemente babosos en alguna balada chulesca al estilo de los Stones, lo que aquí trasciende es primario, visceral, y rematadamente intenso. Doce temas en poco más de media hora. Puro alboroto para tus sentidos, y todo un incendio para tus emociones.


Si señor así es Brave, el disco que estos tejanos llamados The Strange Boys, liderados por Ryan Sambol, publicaron en el 2010 para el sello Rough Trade. Segundo disco de la banda tras el también muy recomendable And Girls Club, publicado en el 2009.



Un estimulante pildorazo de sonido añejo, y primitivo, donde la armónica, las guitarras, y el hammond esculpen perlas de garage dylaniano tan convincentes como I see, Be brave y Friday in Paris, sacudidas stonianas tan demoledoras como Night Might, o vibrantes cataclismos de aceleración garagera al estilo de los Sonics, aunque con un lánguido inicio, como el de A walk on the beach. Ritmo e intensidad que predominan en el comienzo del disco, y que poco a poco van cediendo protagonismo a desgarrados medios tiempos de R&B sincopado, con algunas reminiscencias de los Kinks, como Between us, Da Da, Laugh At Sex, Not Her y Dare I say, para posteriormente finalizar con una serie de temas más pausados, y de tono acústico, como las preciosas All You Can Hide Inside y You Can't Only Love When You Want To. Y todo esto sin olvidarnos de esa descarnada balada titulada The Unsent Letter, en la que una desnuda melodía va tomando forma a golpes de piano sobre un sinuoso fondo de hammond. En definitiva, una gozada de disco, que podríamos decir que suena como lo harían el Dylan, los Kinks y los Stones del 65, en un destartalado garage de la costa oeste americana.

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